María Domínguez se traslada cada día desde su ciudad a la escuela rural donde da clases y no tiene otra forma de llegar que no sea con la generosidad de quienes viajan por la ruta.

Tiene que estar antes de las 10:00 a.m. en la escuela rural de Paso de la Cruz del Yí, a 108 kilómetros de su casa, en medio de la nada, para darles clases a Juliana, de 4 años, y a Benjamín, de 9, los únicos dos alumnos de ese centro educativo uruguayo.
«Son hijos de familias que viven en la zona y trabajan en tareas de campo», le cuenta a BBC Mundo.

Auto propio no tiene, y si tuviera no podría costear el combustible para un viaje tan largo todos los días.
Señala, a su vez, que por esas carreteras hay un importante flujo de vehículos grandes, por lo que le resulta peligroso viajar esos más de 100 kilómetros de ida y otros 100 de regreso sobre dos ruedas.
Para el retorno hay una línea de autobús que pasa por la ruta a la altura de la escuela recién cuando cae el sol, y para el segundo trayecto ya no hay transporte público hasta el día siguiente.
«Con los que tengo más suerte es con los camioneros», dice.
También tiene éxito con personas que trabajan en el campo, y casi siempre quienes acceden a llevarla son hombres.
Después de ese primer tramo, se bajan en un parador en San Gabriel, un pueblo de 172 personas donde se cruzan la ruta por la que viajaban y otra que va de sur a norte del país.
Entonces, vuelven a ubicarse al borde del asfalto en busca de alguien dispuesto a subirlas a su vehículo y llevarlas hacia arriba en el mapa.







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