En la búsqueda de consuelo tras la pérdida de un ser querido, muchas personas se aferran a la nostalgia y los recuerdos para mantener viva la memoria de quienes han partido. Sin embargo, la tecnología moderna ofrece una nueva y controvertida avenida para este anhelo: la inteligencia artificial (IA). A través de sofisticados algoritmos, ahora es posible crear «réplicas» digitales de los fallecidos, permitiendo a los deudos interactuar con una simulación de sus seres queridos, una práctica que desdibuja las fronteras entre el recuerdo y la realidad.

El exponencial desarrollo de la IA ha dado lugar a herramientas capaces de analizar y replicar los patrones de comunicación de una persona con una precisión asombrosa. Utilizando un vasto archivo de textos, grabaciones de voz y otros datos personales, sistemas como los chatbots y los deepfakes pueden emular la personalidad, el estilo y hasta el timbre de voz de un individuo. Compañías como StoryFile y Project December ya ofrecen servicios que permiten a los usuarios mantener conversaciones con avatares de sus difuntos, presentándose como una forma de alcanzar un cierre emocional o tener esa última conversación pendiente.
Para algunos, esta tecnología se ha convertido en una especie de «ouija digital», una herramienta para la catarsis que les permite procesar su dolor de una manera novedosa. Al interactuar con un chatbot que habla y razona como su ser querido, encuentran un espacio para expresar palabras no dichas y aliviar la carga emocional. La idea es que, al facilitar este diálogo simulado, la IA pueda servir como un puente transitorio para sanar las heridas que deja la ausencia.
No obstante, esta práctica emergente genera un profundo debate ético y psicológico. Expertos en salud mental advierten sobre los riesgos de desarrollar una dependencia emocional de estas réplicas, lo que podría prolongar el proceso de duelo e impedir la aceptación de la pérdida. Además, surgen complejas cuestiones sobre el consentimiento de la persona fallecida para ser recreada digitalmente y la privacidad de sus datos. La posibilidad de que estas tecnologías sean usadas para la explotación comercial del duelo o la manipulación de los recuerdos abre un nuevo campo de dilemas que la sociedad apenas comienza a explorar.







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