La presión por encajar, un desafío clásico de la adolescencia, ha adquirido una nueva y compleja dimensión en el mundo digital. Según la psicóloga Carolina Herrera, los jóvenes de hoy enfrentan una forma de ansiedad social exacerbada por la tecnología y las redes sociales. La necesidad de pertenecer al grupo, un rasgo inherente a esta etapa, los lleva a interactuar principalmente a través de pantallas, donde es más fácil construir un «personaje» idealizado que socializar en persona. Esta desconexión entre la vida real y la virtual está generando una creciente ansiedad por cumplir con estereotipos y ser aceptado, lo que afecta profundamente su bienestar emocional.


Herrera explica que esta construcción de una identidad digital perfecta para encajar en grupos en línea genera una inmensa presión. El problema surge cuando los adolescentes deben enfrentarse a interacciones sociales reales, en el colegio o la universidad, y carecen de las herramientas para conversar o desenvolverse, pues han creado un guion de vida que no les pertenece. Este fenómeno no solo dificulta la interacción cara a cara y empobrece la comunicación espontánea, sino que también los expone a riesgos graves, como el engaño por parte de adultos malintencionados en redes, un problema que, según la especialista, ha puesto en alerta a los profesionales de la salud mental.
Más allá de las pantallas, la especialista señala que la ansiedad tiene raíces multifactoriales. Existe un componente hereditario, donde padres o abuelos ansiosos pueden transmitir una predisposición genética. Asimismo, los patrones de crianza y el ambiente en el hogar juegan un papel crucial. La ansiedad, definida por Herrera como un «exceso de futuro» y una preocupación constante por situaciones que aún no han ocurrido, puede convertirse en un trastorno del ánimo cuando se vuelve persistente y desbordante, manifestándose con síntomas físicos y conductuales que interfieren en la vida diaria del joven.
Para los padres que se preguntan cómo identificar si su hijo está lidiando con este problema, la psicóloga enumera varias señales de alerta. Un bajo rendimiento escolar, dificultad para concentrarse, una autoestima visiblemente baja y, sobre todo, el aislamiento, son indicadores clave. Herrera advierte en contra de normalizar que un adolescente pase todo el día encerrado en su cuarto, pues esto no es una conducta típica de la edad, sino una posible señal de alerta. Otros síntomas frecuentes incluyen manifestaciones físicas como dolores de cabeza o de estómago recurrentes, sudoración y palpitaciones ante situaciones cotidianas.
La solución, según Herrera, reside fundamentalmente en la educación emocional, una herramienta ausente tanto en el hogar como en el sistema educativo. Es vital enseñar a los jóvenes a identificar, gestionar y autorregular sus emociones ante el estrés. Junto a esto, recomienda fomentar hábitos saludables como el ejercicio físico, una alimentación balanceada, una hidratación adecuada y técnicas de respiración.







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