Investigaciones del Centro Interdisciplinario para el Estrés de la Universidad de Yale demostraron que, bajo presión, el cerebro activa un mecanismo de supervivencia que prioriza la glucosa rápida: libera cortisol y adrenalina, dispara el azúcar en sangre y, al bajar el pico, genera antojos intensos de dulces y carbohidratos refinados.

La psicóloga clínica Rajita Sinha, directora del centro, lo resume así: «El estrés es la respuesta de tu cuerpo y tu mente a situaciones difíciles; en un momento dado, te pueden hacer sentir que no puedes hacer nada al respecto, y ahí es cuando buscas comida».
La neuro-oftalmóloga Mithu Storoni, autora del libro Stress-Proof, explicó que el nervio vago –la autopista que conecta intestino y cerebro– queda inhibido durante el estrés, bloqueando las señales normales de saciedad. El cerebro interpreta esa desconexión como “falta de energía” y exige la fuente más rápida posible: azúcar.
Un estudio publicado en Biological Psychiatry (2013), liderado por Sinha, comprobó que las personas expuestas a situaciones estresantes eligen alimentos con el doble de calorías y mayor contenido de azúcar que en estado de calma.
Cuando el estrés es constante, la glucosa permanece elevada en sangre sin ser usada para energía, se almacena como grasa y el cerebro sigue pidiendo más para “compensar”. El resultado es un círculo vicioso que explica por qué, paradójicamente, comemos más justamente cuando estamos abrumados.
Para cortarlo, Sinha y Storoni recomiendan ejercicio físico (reduce cortisol en minutos), dormir al menos 7-8 horas y practicar respiración profunda o mindfulness. Con menos estrés percibido, el cerebro deja de exigir azúcar de emergencia y recupera el control natural del apetito.
Pablo Fuentes | Pasante USM






