A un siglo de su nacimiento, celebrado este 1 de junio, la huella de Marilyn Monroe continúa brillando con una fuerza inalterable en la historia del cine. Detrás de su icónica cabellera platino y una belleza idealizada, se escondía una actriz de prodigiosa intuición artística que no solo derrochaba carisma ante las cámaras, sino que también desafió los rígidos estándares de la industria de Hollywood en su época dorada a través de un patrimonio de obras memorables.

Su ascenso al estrellato comenzó a forjarse a finales de los años cuarenta con Love Happy (1949), una comedia de los hermanos Marx que, pese a no incluirla en el cartel original, fue catalogada por el público como «la película que descubrió a Marilyn Monroe». Sin embargo, su consolidación como protagonista absoluta llegó en 1953 con Niágara, un largometraje donde su magistral interpretación de la seductora y manipuladora femme fatale Rose Loomis cautivó por completo a una crítica que cayó rendida ante su magnetismo.
Ese mismo año, Monroe tocó la cima del éxito con Gentlemen Prefer Blondes (Los caballeros las prefieren rubias), donde su papel de Lorelei Lee inmortalizó la legendaria secuencia musical de la canción Diamonds Are a Girl’s Best Friend. Enfundada en un espectacular vestido de satén rosa con un lazo gigante y rodeada de bailarines en esmoquin, aquella escena definió su estereotipo de rubia ingenua pero sumamente calculadora; una imagen imborrable que, cien años después de su llegada al mundo, sigue siendo replicada y venerada en la cultura pop global.





