Un legado del oeste anzoatiguense que se hace historia» 

Por Álvaro Armas Bellorín, Cronista oficial el Municipio Bruzual 

El pasado sábado 13 de junio, en el marco de las festividades de nuestro Santo Patrono en la plaza Bolívar de Clarines, el Consejo Legislativo del Estado Anzoátegui promulgó el Acuerdo N° 9, mediante el cual se declaró al Queso Clarinés como Patrimonio Cultural y Gastronómico del Estado Anzoátegui. Más aún, el artículo tercero de dicho decreto eleva la solicitud ante la Asamblea Nacional para que esta distinción sea extendida a nivel nacional, solicitando formalmente que nuestro producto sea nombrado Patrimonio Cultural de la Nación. Lo que vivimos allí no fue un simple acto protocolar; representa la cristalización jurídica de un esfuerzo colectivo que resguarda más de sesenta años de tradición gastronómica nacida en las tierras de la cuenca del Río Unare. 

Como custodio de la memoria histórica de nuestra región, mi impresión ante este hito es de una profunda justicia social y económica. Este decreto no solo celebra un sabor excepcional, sino que blinda legalmente nuestra identidad colectiva. Para comprender la verdadera magnitud de este logro, es útil mirar hacia los grandes referentes mundiales de la propiedad intelectual: el champagne, por ejemplo, es exclusivamente francés y está protegido por su suelo y su historia. Sin embargo, países como Italia y España han buscado replicarlo, elaborando sus propios vinos espumantes. Y aunque utilizan la misma uva y siguen rigurosamente el mismo método tradicional —el método champenoise que inventó Dom Pérignon—, nunca el cava español ni los espumantes de Italia serán champagne, por más esfuerzos que realicen para igualarlos. Y esto no es solo un tema legal de propiedad de marca; es una realidad geográfica: la tierra donde crece la uva en la región de Reims, en Francia, le otorga a ese vino unas propiedades únicas e irrepetibles. El territorio, en definitiva, otorga un alma y un valor que no se pueden replicar en ninguna otra frontera. 

Ese mismo principio de exclusividad, que los franceses han defendido por siglos con celo, es el que hoy comienza a cobijar a nuestro producto estrella en la cuenca del Unare. Si Reims es el alma del champagne, la zona oeste del estado Anzoátegui es el corazón de nuestra identidad gastronómica, cristalizada en la cocción única de nuestro Queso Clarinés. Bajo este nuevo decreto, el Queso Clarinés deja de ser solo un producto para convertirse en algo mucho más grande: un Patrimonio Cultural Gastronómico. Este reconocimiento nos impone la responsabilidad fundamental de salvaguardar el uso de su nombre como un bien común; por ello, ningún particular puede adueñarse de la frase ‘Queso Clarinés’, pues no estamos ante una marca comercial privada, sino defendiendo una herencia geográfica irremplazable. 

Es, precisamente, este carácter colectivo el que abraza a todos los que hacen posible nuestra cultura láctea en la zona: desde los empresarios y maestros artesanos como los Alfaro en Los Pilones, los Bustillos en El Rancho de Acapulco, Malacho en Buena Ventura, Raquel y Nancy Díaz en La Auténtica, los Landaeta en La Medianía y los Morales en La Montañita, hasta aquellos productores independientes que, con devoción artesanal, deciden cuajar la leche en sus hogares o en el mismo corral de ordeño —en lugar de arrimarla a las plantas mayores— para después ir a vender con esmero en estaciones de servicio o por encargo personal, convirtiéndose todos ellos en los depositarios vivos de esta certificación. Es cierto que, aunque algunos productores prefieran llamarlo por costumbre —más que por mezquindad— ‘guayamano’ o ‘de bandeja’, tarde o temprano entenderán que, por mucho que se parezcan, jamás será lo mismo. La diferencia es radical: mientras que un queso ‘guayamano’ puede replicarse en cualquier parte del país, el auténtico Queso Clarinés es una joya irrepetible. La particularidad de nuestros suelos salinos y el agua dulce de la Cuenca del Unare, donde pastan nuestras vacas, ejerce un efecto determinante y absoluto en el producto final. Ese entorno es el que dota a la leche de un sabor distintivo y una textura lograda en su cocción, la cual evoca una fusión entre el guayanés de Upata y el popular queso de mano, creando así una identidad organoléptica que solo se puede alcanzar en el Queso Clarinés, una realidad que la ciencia solo vendrá a corroborar. 

Esta singularidad no es casualidad, sino el resultado de esa huella imborrable que el entorno le imprime a nuestra cuenca —lo que los franceses llaman terroir—. Pensemos, si no, en el lebranche gordo de la Laguna de Unare: cuyo sabor es inigualable frente al de otras latitudes, gracias a la prodigiosa y única salinidad de nuestro estuario. Ese mismo misterio natural es el que abraza al Queso Clarinés; nuestro producto es, en esencia, la suma gloriosa de cuatro factores que no admiten copia: suelo, clima, geografía y el conocimiento ancestral de nuestros antepasados. 

Esta identidad, blindada ahora por el decreto, sienta las bases definitivas para avanzar hacia una Denominación de Origen Controlada que transforme la realidad de nuestros productores. Más allá del reconocimiento legal, esta certificación actúa como un motor turístico y económico sin precedentes; al consolidar al Queso Clarinés como un destino gastronómico, se abren las puertas a visitantes que buscan la experiencia del origen y la pureza de nuestra tradición. 

La meta es clara: que en cada unidad de producción, desde el corral hasta la mesa, el sello ‘Queso Clarinés, Patrimonio Cultural y Gastronómico de la Nación’ sea la garantía de calidad que proteja el esfuerzo de nuestra gente. Con esta distinción, cuando pare la música, cada empresario y cada productor de este queso conservará su silla en el banquete de la historia, pues será el Queso Clarinés quien, por derecho propio, proporcione identidad y raigambre a nuestra cuna. Honrar y proteger lo que nos hace únicos es el acto más noble que podemos realizar por el futuro de nuestra región.

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